Retrato de las estaciones en Zurich
- Karol Ceron
- 29 may 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 6 jul 2025
Vivir en Suiza: Utopía posible. Respiro fresco frente al ventanal, creyendo que esto puede ser posible y al mismo tiempo que no. La lluvia cae en medio del final de primavera y los primeros rayos de verano. Hay algo que me conmueve de la sociedad suiza y es que no importa en que clima, siempre encuentran algo divertido afuera que hacer, como si estar encerrados en casa fuera cosa de un mundo alterno al que no quieren pertenecer, como si la quietud del sillón los asustara.
Frente a mí, un monte adornado con piruetas de agua que lleva el viento. Enmedio, un bosque tupido en verde vistoso y el sonido tan característico del ya verano: Bicis y gritos amigables. Más tarde ese olor a grill, carne tostada y alegría en el corazón. A veces me gustaría ser así de valiente como esos niños que pasan el verano aventándose del puente al lago, se lanzan como si tuvieran alas y a medio llegar una marometa en el aire les sale de imprevisto y luego como peces se escabullen, salen y repiten.
Creo que ser testigo consciente del frenesí que la gente experimenta en esta temporada es lo que más me gusta del verano, saber que en mi vida pasada viví cualquier estación en éste estado de sol. Eso y la sensación de libertad montada en bicicleta con el viento en mi pelo y los rayos de sol rozándome la piel, ¿no es maravilloso? ¿sentirse vivo y vibrante?.
No hace falta mucho para notar que hay algo sumamente sorprendente en este lugar que toca los límites de la utopía. Esta intensa perfección de la naturaleza –que ya de por sí es perfecta en cualquier lugar–. Ver a las abejas con sus perfectos rasgos y colores vivos. Las hojas y los matorrales idealmente trazados y formados y coloreados, las flores... Todo, absolutamente todo como trazado por una mano de jerarquía más alta y de perfección más exacta que la del mísmo Dios. Se siente casi artificial.
Un parpadeo, luego dos y ya pasamos del verde intenso al sepia vivo. Las flores se achican, las hojas se aviejan y el paisaje ya está café otoño. Ver pasar el año aquí es innegable.
Camino entre los matorrales sintiendo ese olor específico de la húmedad en las hojas, el cual no puedo describir ni comparar con nada similar. Cierro los ojos y viajo hasta los puestos de castañas tostadas en la ciudad, veo a la gente con gorritos intentando calentarse con el pequeño rayo de sol que se cuela entre las nubes.
En mi mente vuelvo al bosque y con el viento frío que enrojece las mejillas, miro como las hojas inevitablemente se van secando hasta dejar rastros crujientes deliciosos que pisar...
Finalmente una pausa gris se abandona frente a todos. Es el fin del otoño y el principio del temido invierno.
Para cuando la nieve llega todo ese vacío hecho ramas se convierte en un manjar para los paisajistas y regocijo para los que tienen alma de niño, quienes entonces alborotados salen a jugar con el trineo.. No lo voy a negar, aunque incluso el gris le va bien a este sitio, sobrevivirlo es otro cuento: Uno oscuro, triste y desolador, donde a veces, ni el calor del hogar ni el chocolate calientan. Donde el soplo de nostalgia te respira cerquita del oído constantemente. « Tac, tac, tracatac » suenan estrellitas congeladas cayendo como suaves plumitas, «tac, tac, tracatac » y una sensación de ansiedad mezclada con tristeza invade mi cuerpo.
Tomo un largo respiro, luego el sueño me arrulla a las cinco de la tarde, me levanto, continuo, sigo, me marchito, de a poquito desvanezco y casi cuando me sentía congelada un rallito de sol se asoma por la ventana. Otra vez estoy en casa viendo como renace ese cerezo.
¡Que bonita sensación la de despertar de una linda pesadilla! ¡Que gran alivio sentir que vuelves a respirar! ¡A florecer! ¡A revivir!. Eso es la primavera aquí, tan fugaz como importante. Con esa lluvia que moja pero libera. Con esas flores que te envuelven de color, que te limpian la tristeza, que te recuerdan que no importa cuantos inviernos perezcan la vida siempre vuelve a florecer.













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