top of page

El bosque lleva tu nombre

  • Karol Ceron
  • 6 may 2025
  • 2 Min. de lectura

Me veo parada frente a la puerta de mi alma. Abro curiosa dejando salir lo que viene a encontrarme. Miro los escombros; detalles de frenesí polveados, el olor de la cocina de mi abuela, la cama que me acunó durante veinte años, la risa de mi niña, mi padre.


La luz parpadeante no para de chasquear, ¿hay algo aquí que sea tuyo o me recuerde a ti?. Busco arriba y la lámpara chirreante desaparece, en su lugar hay un bosque. Las flores silvestres tupen el entorno, colores lila, roseados y amarillos se iluminan. Un olor a canela y anís permea el ambiente, ¿es así como huele tu recuerdo?.


Cerca, un río gorgotea suavemente, como arrullando lo que lo rodea. Pequeños pecesitos de colores brillan sin cesar y familias de hongos azulados empapan el paisaje. Ahí estás sentado entre la maleza. ¿Es aquí dónde te guardo?.


El musgo crece sobre tus botas como una caricia que consuela. Intento memorizar el ángulo de tus hombros, la forma en que la luz dorada se filtra y te subyace. Tal vez sí. Es aquí donde te guardo: Entre raíces húmedas, silencio de bosque y este río que no se cansa de cantar.


—Pensé que no vendrías —dices, y un pájaro chilla perturbando el aire.


—No creí que estarías —respondo sin moverme, temiendo que un gesto, por mínimo que sea, rompa este espejismo.


Te ries quedito, como cuando con ternura te burlabas de mi ingenuidad.


—¿Cuánto ha pasado? —preguntas.


—Perdí la cuenta —digo, y el eco se lleva mis palabras como si fueran parte del follaje.


Entonces me acerco y un viento fuerte nos salpica con su brisa.


—¿Y tú? —pregunto—. ¿Dónde estuviste todo este tiempo?


—Aquí. Donde me dejaste. Admirando de ti lo que ahora quizá se ha ido.


Y aunque debería, no duele. Porque esa respuesta, por absurdo que parezca, es la más cierta que he escuchado en años.


—No vine a quedarme —te digo, sin saber si es para ti o me lo digo a mi mísma.


Asientes sereno y nuestro bosque parece guardar silencio. Como si incluso los árboles quisieran alargar este instante.


—Tenía miedo — confiesas—. De encontrarte igual, persiguiendo sueños rosas sin una pizca de autocrítica. Ya no eres la mísma, sin embargo, sigo sintiendo que me desordenas y al mismo tiempo me compones. Eres como una vieja canción que uno ya no canta pero nunca olvida.


Bajas la mirada, como si te doliera tu propia verdad. Y entiendo entonces que no era al reencuentro a lo que temías sino al descubrir que, a pesar del tiempo y la distancia, todavía podías sentir lo mismo.


Nos sentamos entonces, uno al costado del otro, como dos piedras que ni el río ni el tiempo pudieron arrastrar. Sobran las palabras. Solo el gorgoteo, la humedad y el recuerdo latiendo despacio entre las hojas.


Me veo parada frente a la puerta de mi alma, doy un paso adelante de lo que me vino a encontrar, entonces cierro, sabiendo que te guardo y un suspiro se cuela por la ventana.

Comentarios


© 2035 Creado por Lamadera con Wix.com

  • Instagram
  • Spotify
bottom of page