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Asentir en silencio

  • Karol Ceron
  • 19 jul 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 24 ago 2025

Era una tarde preciosa, la luz clara permeaba el patio y era fácil visualizar sin tanto cambio los colores en la paleta. Los cuadros estaban listos para continuar la obra. La maestra tenía enfrente un óleo de la última cena —un encargo que le habían dejado hace dos meses y que ya casi terminaba de hacerlo—. 


Yo era su aprendiz jugando a mojar el pincel en el lienzo, uno por supuesto mucho más sencillo: Unas frutas pintadas con acrílico.


Cada vez que pintábamos se desahogaba contándome su frustración de querer pintar, sin embargo, tenía que ocuparse de la casa, la comida, los hijos adultos y el marido infiel.


 —Si pudiera me pasaría toda la mañana pintando —dijo, mientras acomodaba los pinceles a prisa —. Pero entre el quehacer y la comida se me va el día.

Suspiró con melancolía.

—Nadie ayuda. Todos esperan que les sirva. —Me repitió, como cada vez que nos encontrábamos.

Señaló el cuadro con frustración.

—¿Y a que hora termino este encargo? Que por cierto, va quedando precioso.


—Pues dedíquese a pintar, deje la casa sucia, no haga de comer y los demás que se las arreglen como puedan, ya son adultos. —Pensaba siempre en decirle, más callaba. No quería de ninguna forma ofenderla.


—Y bueno, Rodri me ha dicho que van a casarse, ¿es cierto? —Y sin hacer una pausa para esperar mi respuesta continuó—: yo podría preparar el mole rojo. Podríamos ir a buscar tu vestido a la ciudad y hacer la fiesta en el rancho. ¿Cuántos invitados planean tener?.


Doña Rosita preparaba un mole excepcional. No era cualquier cosa, tardaba lo mismo en hacerlo que preparar un cuadro de encargo. Molía no sé cuántos chiles y no sé cuántas especies y no sé cuánto chocolate. Agregaba quién sabe cuánto tiempo y lo dejaba reposar no sé cuántos días para entonces tener —apenas— el polvo.


Le gustaba así, hacerlo desde cero, súper artesanal, para luego revolverlo con tomates y caldo de pollo y otro tanto menjurje. Si me gustara la cocina le habría puesto atención cuando me explicaba la receta, pero nunca ha sido mi intención preparar mole.


Pensando en la respuesta que darle, comencé a toser sin freno: 


—Disculpe, ahora vuelvo —le dije en medio de la tosedera.


Entré corriendo a la cocina donde estaba Rodrigo.


 —¿De dónde sacó tu madre que nos vamos a casar? —le pregunté furiosa. 


—Pues yo le dije, el otro día estábamos hablando de eso, me dijiste que sí. 


—Pensé que estabas jugando como siempre. Solo te seguía la corriente, o sea, ni siquiera tengo un anillo, ¿por qué le dijiste? Ahora está haciéndome preguntas sobre la dichosa boda —le dije. 


—Pues quizá es tiempo de que comencemos a planearlo todo —contestó. 


—¿Pero qué dices? Tú sabes lo que pienso del matrimonio. ¿Qué no ves a tu madre? Todo el día limpiando sin poder dedicarse al arte. La cárcel de las mujeres comienza con ese vestido blanco pintado de inocencia. Ya te lo he explicado. 


—¿Entonces no te quieres casar? —pregunta admirado.


Levanté mis ojos al cielo, cansada de dar la misma explicación cada vez. De explicarle como el matrimonio nos suma rutina y nos resta libertad. Une nuestro dinero pero nos hunde en la cotidianeidad: Una pobreza de vida que jamás se supera. Las caricias se transforman en gestos automáticos. Las palabras dulces, en recordatorios de compras o pagar cuentas. Los silencios ya no son cómodos; son vacíos. Y las miradas que antes decían todo se cuelan por la ventana. Luego vienen los hijos y todo el desastre que empieza con la firma de un papel que te otorga “seguridad” se multiplica por tres. 


Y no, no es que no crea en el amor. Es que me cuesta creer en la estructura y el sistema que lo doméstica. Porque el matrimonio, tal como lo heredamos, no fue diseñado para la mujer: fue diseñado para poseerla. Para convertirla en esposa, en señora de alguien, en cuidadora y servidora perpetua. Como si nuestro destino fuera entregarnos hasta desdibujarnos. Como si ese vestido blanco fuera la cereza de nuestro pastel llamado vida. Como si a partir de ese momento ya cumplimos con nuestro mayor éxito, dándole permiso a la sociedad de poner aún más expectativas a nuestras espaldas.


Nos enseñaron que somos nosotras quienes deseamos tanto que se llegue ese momento, quienes desde pequeñas soñamos con ese encuentro, pero la verdad es que ha sido todo un engaño, porque son ellos los que sueñan con la familia feliz, para quedarse sentados en la mesa esperando su plato de comida caliente con una dulce compañía abnegada y obediente que renuncia a todo lo que es “por amor”. Una falsa promesa: hasta que la jaula tapizada de rosas se van marchitando con el tiempo y la sangre que dejan las espinas nos despiertan. 


Salí bufando de la cocina con ansias grandes de seguir pintando, pero el sol de la tarde ya se nos había escapado.


—Entonces que, ¿hago el mole? —preguntó entusiasmada.

—Si doña Rosita, como usted diga. 

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