Abrazos de arena
- Karol Ceron
- hace 15 horas
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Conozco un desierto donde nunca salió el sol; en su lugar, alumbraba la luna llena. Era helado como ninguno. Cuando llegué a él por casualidad, vi como mi cuerpo brillaba.
Intenté penetrar su corazón pero siempre un silencio profundo me respondía, con cada intento mi luz se entristecía.
Al rato, buscando refugio, encontré una cueva aún más oscura. Encendí fuego con mi canto, luego vino un viento y me congeló la voz. Pasé la noche allí y al pensar que amanecía salí a buscar comida.
En eso el desierto fue bueno, me alimentó como un buen padre que cuida de sus hijos, pero al preguntarle por qué no había calor, su silencio frío traspasaba mi corazón. Le pregunté por la salida y, enojado, me mostró un destello que con cada paso parecía desvanecerse. Miraba al cielo que me guiaba pero las estrellas ya no me escuchaban. Así, caminándolo, perdí la cuenta de los días.
Algunas veces, cuando creía que su calor me acurrucaba, un aullido atravesaba la distancia y mis pies se llenaban de escarcha.
No culpo al desierto por su falta de intimidad; tal vez, el tiempo lo había vuelto oscuro y de piedra, quizá simplemente mi calor le parecía una tibia rareza. Nunca lo entendí, pero intentar hacerlo me quemó el brillo.
Ya descalza y agotada, le pedí a Dios que me mostrara la salida. Entonces un oasis nació. Me metí en él a enjuagar mis lágrimas. Nadé y nadé, y al volver a la superficie las estrellas se apagaron; en mi cabeza un sol y bajo mis pies, una arena suave y calentita me acunaba.
Era día de nuevo y, al fondo, mi corazón cantaba.



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