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La casa que rompí

  • Karol Ceron
  • 20 may 2025
  • 2 Min. de lectura

Desde la habitación de los niños la puedo ver tirada en la sala. Hoy está llorando pero sé que mañana me perdonará y yo haré como si nada hubiera pasado, no le diré nada, solo me acercaré y le besaré el cuello, así sabrá que también la he perdonado.


Siento que todo es mi culpa, luego me convenzo de que es ella quien me lleva a este punto. No soy yo, es ella, es mi infancia, los gritos de mi padre, la frialdad de esa vieja que se dice mi madre. La sensación de no ser suficiente. El miedo a perder el control, a que no sepan quien manda, que si no grito y pongo orden se me vayan. Me abandonen. Yo solo quiero paz. Ver en tranquilidad a mis amigos. Que no me provoque. Que me deje beber sin reclamos.


Si ella obedeciera no tendría que levantarle la voz. Si no me levantara la voz no tendría porque soltarle un manotazo. A veces le pregunto algo y se queda callada, entonces me siento como un pendejo. Como si ella supiera algo que yo no. Como si se burlara en silencio. Entonces tengo que empujarla quedito para que despierte y regrese a su sitio. Luego veo su ojo morado y me doy cuenta que perdí tantito el control, que por culpa del trago me pasé, que soy igualito a mi padre, aunque juré que no lo sería. Pero me hago pendejo porque si me quedo ahí la culpa viene, y esa madre pesa. Entonces tengo que tirarle todo a ella. Hacerle creer que es ella la que no vale, la que se equivocó, confundirla, alejarla de la gente...


Ella es buena, guapa, noble, es lista. Se encarga de los niños y de la casa. Muchas veces la veo como se traga sus reclamos. Me aguanta. Pero a veces ya ni sé si la quiero. A veces sí, otras quiero que se vaya, pero luego me imagino solo y me entra frío al cuerpo, por eso tengo que amenazarla con quitarle a los niños, tengo que mentirle porque en realidad no se que haría yo con dos críos solo.


Este frío se queda conmigo, porque sé que ella tiene la fuerza para irse, que se va a hartar de las falsas promesas, porque sus padres la saben cuidar, no como los míos. Porque su hermano la ama. Y porque esos críos la miran con ternura y la llaman "mami" con un amor que por mi nunca han tenido. Este frío se queda conmigo y ni los compas, ni las morras, ni el alcohol me pueden calentar. Ella un día se va a hartar, pero hoy esta aquí, hoy desde la habitación de los niños la puedo ver tirada en la sala. Así que todo sigue igual.



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